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Las notas de Nicolás · Día 279 · 6 de octubre de 2026

Caminar desde mi identidad

Estos días hay una palabra que sigue apareciendo mucho en mi vida: transición. Y ayer, pensando en todo lo que estoy viviendo, me encontré con la historia de Jacob. Jacob prácticamente comienza su historia agarrado del talón de su hermano. Después viene el engaño, la bendición que recibe de su padre y finalmente la huida. Jacob se va. Y creo que durante mucho tiempo cargó con esas dos realidades. Por un lado, sabía que era un hombre bendecido. Pero por otro, también sabía que había huido. Y hay algo de esta historia que me parece espectacular. Dios no esperó a que Jacob tuviera su vida resuelta para afirmarlo. En medio de su huida, cuando probablemente estaba viviendo uno de sus momentos de mayor incertidumbre, Dios se le aparece y le recuerda la promesa que había hecho a Abraham y a Isaac. “Jacob, lo que estás viviendo ahora no cambia lo que yo dije sobre ti.” Y eso me pega. Porque después Jacob llega a la casa de Labán y comienza otra etapa de su vida. Trabaja, forma una familia, prospera y, aunque Labán cambia sus condiciones una y otra vez, Jacob sigue creciendo. No porque todo estuviera a su favor. Sino porque la gracia de Dios estaba con él. Y aquí encuentro algo muy parecido a lo que siento que Dios me está hablando en esta temporada. Jacob había prosperado en la tierra de Labán. Había recibido mucho. Pero llegó un momento en el que Dios le dijo: Regresa. Y regresar significaba enfrentarse justamente con aquello de lo que había huido. Eso me parece muy fuerte. Porque a veces podemos estar viviendo una bendición y aun así Dios decirnos: “Es hora de moverte.” No porque lo anterior haya sido malo. No porque no hayas sido bendecido ahí. Simplemente porque hay más. Y eso siento que Dios me está diciendo hoy: Tu voz tiene poder. Atrévete a más. Explora tus talentos. Explora tus dones. Ve por más. Agradece la bendición que has vivido hasta ahora, pero no conviertas una bendición pasada en el lugar donde vas a quedarte para siempre. Y claro, moverse da miedo. Jacob lo sintió. Cuando supo que Esaú venía hacia él con cuatrocientos hombres, inmediatamente regresaron todos esos pensamientos. “¿Y si me mata?” “¿Y si pierdo todo?” “¿Y si esto termina mal?” Intentó controlar la situación. Mandó regalos. Organizó lo que tenía. Dividió a su gente. Y entonces llega esa noche. Jacob queda solo. Y pelea. Toda la noche. Hasta que llega una pregunta que para mí es clave: “¿Cómo te llamas?” “Jacob.” Y creo que esa respuesta significaba mucho más que simplemente decir un nombre. Era reconocer quién había sido. Su historia. Sus errores. Sus engaños. Sus huidas. Sus miedos. Pero después de esa lucha recibe un nuevo nombre: Israel. Y aquí vuelvo a una palabra que ha estado apareciendo muchísimo en mi vida: valentía. Quizás una transición no consiste solamente en cambiar de trabajo, de lugar, de temporada o de circunstancias. Quizás las transiciones más importantes ocurren cuando cambia la manera en la que te ves a ti mismo. Jacob tuvo que regresar siendo consciente de su pasado, pero ya no podía seguir viviendo definido por él. Y eso también me habla a mí. No quiero seguir viviendo desde los engaños de mi mente. “No puedes.” “Todavía no estás listo.” “Mejor espera.” “¿Y si fracasas?” “¿Y si pierdes lo que ya tienes?” Quiero aprender a vivir desde el amor. Porque el temor me hace huir. El amor me da valentía para avanzar. Y lo más bonito de la historia de Jacob es que su proceso no ocurrió de un día para otro. Fueron años. Años de trabajo, errores, aprendizaje, prosperidad, temor y transformación. Pero Dios estuvo ahí durante todo el proceso. Jacob estaba en transición y aun así Dios lo hacía prosperar. Y quizás eso es algo que necesitaba recordar hoy. No tengo que esperar a terminar mi transición para ver la mano de Dios. Él también está conmigo aquí. En el proceso. Mientras aprendo. Mientras descubro. Mientras me atrevo. Mientras dejo algunas cosas atrás. Mientras camino hacia lo que viene. Hoy miro las bendiciones que he vivido y estoy agradecido. Pero también siento que Papá me está diciendo: “No te quedes ahí. Hay más.” Y quizás la valentía que necesito en esta temporada no es la valentía de alguien que no siente miedo. Es la valentía de alguien que sabe quién va con él. Así que hoy me queda una pregunta: ¿Qué pasaría si dejo de tomar decisiones desde el Jacob que tiene miedo y comienzo a caminar desde la identidad que Dios ya habló sobre mí?
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